lunes

FICCIÓN: Misiles

Dos meses atrás, un día cualquiera como este, comenzó la peor de las pesadillas existentes. A medida que iba viendo el peso que iban tomando las cosas, el miedo se apoderaba de mí de manera casi incontrolable. Empecé a notar a mi familia distinta. Solían ser siempre muy simpáticos y amables entre ellos y con los demás, pero cuando fuimos capaces de darnos cuenta lo que se aproximaba, todo era horror y maltrato. Nos gritábamos por cualquier cosa, casi como si cada uno de nosotros hubiéramos sido los culpables de esta tragedia. Supongo que ninguno fue el culpable. Hubo una cadena de errores que dejó a su paso sólo muerte.

En el colegio me enseñaban que tenía que estar preparado en todo momento para que lo peor sucediera. Sentía una leve vibración en el piso y mi mente comenzaba a pensar sin parar. Me decían que debía meterme debajo de mi pupitre, o debajo de una estructura sólida que me pareciera que no se podía caer, pero yo no podía pensar en nada que no fuera salir corriendo a buscar a mi familia y refugiarnos. Por lo menos, si nos pasaba algo malo, que fuera a todos juntos. No soportaba la idea de sentirme vivo mientras sospechaba que ellos podían no estarlo. Las maestras me regañaban diciéndome que debía ser un poco más egoísta, que mi familia en ese momento no iba a estar pensando en mí, que solo iban a intentar salvarse y luego me buscarían. Nunca les creí, me era imposible imaginarme a mi madre despreocupada. Ella estaría igual de aterrorizada que yo, y seguro que iría a mi encuentro desesperada.


Ahora, aquí todo es tierra de nadie. Parece que no existe la seguridad, ni la policía. Me encuentro desprotegido. Ya  no vamos al colegio, ni salimos a jugar afuera de casa. Apenas algunas mujeres tienen coraje y se atreven a hacer las compras dos veces por semana. Mi padre tiene que trabajar porque si no lo hace, no se podría pagar el alquiler de la casa, ni el jugo que tomamos, ni la luz que consumimos. Pero el resto, todo lo que es salida que no sea indispensable; está prohibido. Hace algunos días mi vecina vino a contar que en el centro de la ciudad, las cosas están aún peor. Dice que no ha quedado en pie ningún edificio que permanezca al estado y que todo la naturaleza que amábamos ver, desapareció. Nosotros tenemos un poco más de suerte porque estamos alejados. A veces las bombas no llegan, o ni siquiera se dirigen aquí. Solemos oír el estruendo que provocan. Empieza a sonar un especie de pitido y cierro los ojos. Me aferro a lo que tengo cerca y rezo, rezo mucho. Si la bomba no cayó encima de mi casa, abro los ojos con una alegría que parece que la guerra terminó. Después, a veces, si sé que mi padre no está, esa alegría se convierte en desesperación. Veo a mi madre que empieza a llorar, e intenta llamarlo al trabajo. A veces lo atiende otra persona y casi tartamudeando le pide que le pasen con él. Esto si tenemos suerte, si las torres de telefonía son derrumbadas, no tenemos mucho para hacer, solo esperar a que vuelva con vida.


Diez años no es mucho ni poco. Aunque yo me siento mayor. Antes de que comenzara todo esto, me sentía más infantil. Pasaba mis días atrás de autitos y pelotas. En cambio, ahora, nada resulta espontáneo. Me interesan cosas distintas, trato de sentarme y mirar por la ventana a ver si puedo lograr controlar que los misiles sean desviados. En ocasiones puedo ver como algunos son derribados por nuestro país. Pero eso me hace dar más miedo, porque siento que esas personas malas se van a enojar y van a caer sobre nosotros con más enfado. No sé que pasará por las cabezas de mis amigos, algunos quizás se abrazaran a la cintura de su madre y no podrán parar de llorar. Otros meterán la cabeza debajo de la almohada para no oír la desesperación que provoca saber que algo puede estar por destruirte. Yo trato de mostrarme valiente aunque por dentro me esté muriendo. No puedo demostrarle a mi madre que estoy triste y miedoso. Además tengo una hermanita pequeña y delante de ella no puedo hacer ningún escándalo porque se asusta peor. Ella sí que demuestra su horror constante. Trato de abrazarla y decirle que todo va a estar bien, que nosotros somos gente buena que hemos hecho siempre las cosas bien. Aunque en el fondo sepa que esto no se trata de hacer o no las cosas bien. El asunto va en suerte. Hay que tener la maravillosa suerte de que no se les ocurra mirar hacia nuestra ciudad y que esa bomba o ese misil, o cualquiera de las cosas que tiran, no caiga encima de nosotros.



Me encomiendo a Dios, a la tierra, al cielo, a la vida en general y solo ruego que salgamos vivos de esta masacre. Que se acabe ya, en este preciso instante si es posible. Deseo retomar mi vida habitual, correr, jugar, hablar con otra gente que no solo sea mi familia, retomar mis estudios, poder pasear en auto. Salir algún día del fin de semana para ir a la playa. Ver el sol y que no sea a través de un vidrio. Todo cuanto sea posible daría con tal de estar en paz. Esa misma paz que hemos perdido, y que quién sabe cuándo recuperaremos, si es que algún día, después de semejante conmoción, podremos sentirnos tranquilos y a salvo.